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HEMEROTECA- Tomo I
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DICIEMBRE 1973 – Año II – Núm. 13

 

MUNDOS PERDIDOS

LOS HEREDEROS DEL SABER PERDIDO

 
Naves espaciales en el pasado remoto

 


 


Mundos perdidos para la historia ortodoxa.
Mundo cuyo recuerdo aflora en las leyendas, sueños y libros sagrados de muchos pueblos.
Mundos cuyos restos aparecen hoy esparcidos a lo largo y a lo ancho de nuestro planeta.
¿Cómo fue ese remoto pasado que nos ha precedido?
¿A qué alturas llegaron otras civilizaciones hoy someramente recordadas antes de derrumbarse?
¿Y qué paralelismo existe entre esos momentos históricos y aquellos por los que hoy discurrimos?
Difícil nos es dar respuestas concretas a tales preguntas.


 


UN ANTIGUO SUEÑO
HECHO REALIDAD


Volar. Un sueño tan viejo como el hombre.
Valiéndose de cualquier tipo de artefactos, o sin necesidad alguna de éstos, en todos los tiempos y pueblos encontramos relatos orales y escritos que muestran al hombre y a los dioses venciendo mágicamente la fuerza de la gravedad.
Desde los santos de todos los credos, cuyas levitaciones estáticas pueblan numerosas hagiografías y libros de viajes, hasta las brujas encaramadas a sus escobas, camino del aquelarre, sin olvidar las alfombras mágicas y los caballos voladores al estilo de “Las mil y una noches”, o las omnipotentes deidades de los más diversos panteones. Toda una vasta y arquetípica mitología, que a nuestros ojos se convierte en realidad a partir del pasado siglo.
Hoy no son sólo los aires, sino que los aparatos construidos por el hombre escapan ya a la influencia de la Tierra para navegar rumbo a otros mundos que paradójicamente llevan desde antiguo los nombres de los dioses venidos del cielo a traer a los hombres el conocimiento y la civilización.
¿Acaso somos los primeros en dar con la técnica del vuelo? Hay muchas cosas que se dan por sobreentendidas. Y, sin embargo, cuando uno se pone a estudiar las cosas con una nueva óptica, puede llevarse grandes sorpresas. Así ocurre con la aviación.


 


HEREDEROS DE UN SABER PERDIDO


En 1709, el jesuita Bartholomeu Lourenço de Gusmâo consiguió del rey Joao V una pensión destinada a facilitar la fabricación de un aparato volador cuya utilización resultaría muy beneficiosa para la ya decadente corona de Portugal.
La máquina, llamada “passarola” o góndola volante, fue en efecto construida, y los relatos que hablan de aquel hecho aseguran que tras fallido intento logró ascender a una buena altura y aterrizar sin perjuicio alguno. Los planos que conocemos de aquel curioso avión demuestran a todas luces que un aparato así no podría elevarse del suelo. Sin embargo, se asegura que los auténticos planos se hallan cuidadosamente guardados en la Biblioteca del Vaticano. Mitología aparte, lo cierto es que la Inquisición juzgó el invento de satánico, aparte de peligroso, y el padre Gusmâo hubo de abandonar su intento y muy posiblemente quemar sus planos o resguardarlos cuidadosamente de intereses ignorantes y mezquinos.
Lo interesante aquí es observar que nuestro hombre aseguraba haber obtenido la información de la que se había servido para construir su aparato de las antiguas tradiciones cuidadosamente conservadas por los descendientes sudamericanos de los incas.
Doscientos años antes tenemos un antecedente de este invento en el genial Leonardo da Vinci, que como se sabe diseñó, construyó e hizo probar a su ayudante un singular artefacto, cuyo fracaso experimental en el intento de elevarse asombra hoy a la luz de los perfectos planos que han llegado hasta nosotros. Cabe preguntarse nuevamente si estos planos que conocemos son únicos, y si realmente Leonardo falló en su propósito o por el contrario lo realizó y estimó más oportuno negarlo públicamente.
Y aún remontándonos 250 años, en plena mitad del siglo xiii, hallamos al franciscano Roger Bacon, cuya obra desgraciadamente no ha llegado completa hasta nosotros, y que seguramente contendría informaciones muy interesantes sobre éste y otros particulares. Como muestra, algo de lo que escribió: “Es posible construir una máquina voladora en la que un hombre montado en el centro mueva unas manivelas que hagan batir las alas como un pájaro”. Y también: “Máquinas volantes como éstas existieron en la Antigüedad, e incluso se fabrican en nuestros días”.
Si recordamos la increíble calidad polifacética que caracteriza tanto a Leonardo como a Bacon, nos vemos obligados a pensar en la existencia de una Sabiduría unificada que se remonta a antiguos tiempos, con la que éstos en alguna forma lograron conectar.
Y si pensamos que ambos tuvieron a su disposición enormes bibliotecas repletas de manuscritos árabes, tal vez pensemos en conectarlos con el increíble y famoso emir hispano Abb-el-Rahman, que entre las innumerables muestras de su gran sabiduría cuenta con el diseño y construcción de un planeador con el que sobrevoló él mismo la Córdoba musulmana en el año 850.


 


EL ARTE DEL VUELO, UN SECRETO
CELOSAMENTE GUARDADO


Según todas las referencias que poseemos, si el Islam poseía el secreto del vuelo, seguramente lo habría heredado de Egipto… Y este país, a su vez –si damos crédito a los testimonios que nos brinda el pasado–, de la Atlántida.
Como una simple muestra en apoyo de esta hipótesis, bien al alcance de los lectores de “Karma-7”, tenemos una noticia dada en el “avance” de nuestra revista: El descubrimiento, en unas excavaciones realizadas en la zona egipcia de Sakkara, de un curioso planeador. Y sabemos que cuando el río suena…
Según toda referencia, árabes y egipcios no serían los únicos detentadores del arte del vuelo. Se asegura que era algo bien conocido por los druidas, a quienes ya nos referimos en un artículo anterior. Recordamos la leyenda de Merlín y otros tantos magos anglosajones que no serían sino iniciados druidas y que poseían el poder de volar o de transportar pesados objetos por el aire. Un caso más “tangible” es el del rey Bladud, padre del inmortal rey Lear shakespeariano, que se mató en el 852 a. de J.C. cuando su nave aérea, construida con la ayuda de los druidas, se estrelló contra el templo de Apolo en Londres.
En la India existen diversidad de leyendas y relatos que aseguran la posesión del secreto de la construcción de naves voladoras por parte de una suerte de sociedad secreta de artesanos griegos.
De hecho tenemos a través de la historia griega algunos casos de ingeniosos constructores, el más conocido de los cuales sin duda es el de Arquitas de Tarento, filósofo pitagórico que vivió en la magna Grecia, al sur de Italia, hacia el siglo iv antes de Cristo, y construyó una máquina movida por un sistema de pesas y aire comprimido que voló sin problema alguno hasta que se hundió con su inventor a bordo en el Adriático.
De los relatos a los que antes nos hemos referido parece deducirse que los misteriosos artesanos griegos guardaban el secreto cuidadosamente, puesto que –según explicaba uno de ellos, llamado Vicvila– este arte perdería todo su interés para los pocos que entonces lo detentaban en el momento que pasara al conocimiento general.
En un libro histórico chino del siglo iii encontramos un relato que viene a reafirmar este aserto:
“Ki-Kung-Shi construyó un carro volador que recorría grandes distancias impulsado por un buen viento. En tiempos del emperador Ching Tang (1766-54 a. de J.C., fundador de la dinastía Schang) el viento de Poniente arrastró el carro de Ki-Kung hasta Yu-Chou. El emperador ordenó que este carro fuese destruido para que aquel pueblo no pudiese conocerlo. Diez años después, cuando soplaron vientos de Levante, ordenó el emperador que se construyese otro carro parecido e hizo regresar a Ki-Kung en él.”
Desde luego, si el pueblo hubiera aprendido a volar, los regímenes feudales hubiesen tardado poco en derrumbarse.
China abunda muy particularmente en historias de todo tipo relacionadas con el vuelo. Así tenemos a principios del siglo iv el relato de Ko-Hung, que nos recuerda una especie de helicóptero bastante singular:
“Algunos han fabricado carros voladores con madera procedente de la parte más interna del árbol guinjo, utilizando tiras de piel de buey atadas a unas palas rotatorias para hacer mover la máquina.”


“¿Con qué derecho decís a un hecho: vete?
¿Con qué derecho desecháis un fenómeno?
¿Con qué derecho decís a lo inesperado: no te examinaré?”
Víctor Hugo


 


LOS INCREIBLES VIMANAS


Sin lugar a dudas, la antigua literatura hindú va más allá de lo imaginable en narraciones de esta índole. Aquí haremos tan sólo una breve reseña de las mismas, en las que se describen asombrosas naves aéreas a las que comúnmente se denomina “vimanas”. Se usaban como medio de transporte y muy frecuentemente como elementos bélicos. Desde luego, su uso no era algo generalizado, sino que estaba restringido –como entre otros pueblos– a ciertas castas y soberanos, que poseían el secreto de su construcción.
Existe un antiguo texto sánscrito, el Samarangana Sutrahara, considerado como documento Manusa, o relativo a hechos reales (expresamente diferenciada de los daiva, referentes a literatura mítica y religiosa), que contiene 230 sorprendentes instrucciones referentes a la construcción de los vimanas, y describe en forma insospechada la forma en que estas naves operan. Veamos algunas de estas descripciones:
“Los detalles de fabricación de los vimanas no pueden ser revelados porque debemos guardar el secreto y no por ignorancia. Los detalles de construcción no son mencionados porque es necesario que se sepa que si fueran públicamente revelados se correría el riesgo de que los aparatos fueran utilizados con fines perversos… Su cuerpo debe ser fuerte, durable y de material liviano como un gran pájaro volador. En el interior hay que colocar un artefacto para el mercurio, con un calentador de hierro debajo. Por medio de la potencia latente en el mercurio, que pone en movimiento el torbellino propulsador, un hombre puede utilizar este artefacto para viajar a gran distancia en el cielo. También utilizando los métodos descritos se puede construir un vimana tan grande como el templo de la divinidad. Hay que construir cuatro sólidos depósitos de mercurio de estructura inferior. Cuando éstos han sido calentados por el fuego controlado procedente de los depósitos de hierro, el vimana desarrolla, gracias al mercurio, una potencia equivalente al trueno. Y muy pronto se transforma en una perla en el cielo…”
En otro lugar se explica: “Por medio de estas máquinas, los seres humanos pueden volar a los cielos y los seres celestes pueden descender a la Tierra…”
Aún más, nos proporciona algunas características “técnicas” sobre estos carros voladores:
“Las subdivisiones de los movimientos de los vimanas son: inclinación, ascensión vertical, marcha hacia delante, retroceso, ascensión normal, descenso normal y progresión en largas distancias. Todos esos movimientos se obtienen ajustando correctamente los dispositivos que le aseguran un movimiento perpetuo. La fuerza y la duración de estos artefactos dependen del material empleado. He aquí algunas de las cualidades principales del vehículo aéreo: puede ser invisible, transportar pasajeros, ser también construido en forma pequeña y compacta, y moverse en silencio. Cuando se emplea el sonido, todas sus partes motrices deben tener extraordinaria flexibilidad y ser objeto de un ajuste impecable: debe durar mucho tiempo, estar bien cubierto, no debe llegar a ser demasiado cálido ni demasiado frío, demasiado rígido ni demasiado blando; puede ser movido por los sonidos y por los ritmos.”


 


NAVES INVISIBLES,
VEHICULOS INTERPLANETARIOS
Y OTROS PORTENTOS


Pero la cosa no queda ahí. El Samarangana Sutradhara distingue con precisión entre los diversos tipos de vimanas, según las funciones que desempeñan éstos: unos servirían para desplazamientos locales, otros serían capaces de alcanzar cualquier lugar dentro del sistema solar en que habitamos, y unos terceros podrían realizar viajes hasta las regiones estelares, denominándose estos últimos Nahasatramandala, y Suryamandala los anteriores.
Los textos tibetanos Tantjua y Kantjua, hablarían por su parte de “perlas celestes” equiparables a los vimanas, y de otro tipo de ingenios que cabría comparar a grandes astronaves fuseladas orbitales, con capacidad para más de mil personas, reservadas para grandes expediciones interplanetarias.
Y parece que en los Vedas se hace referencia a vimanas de diversos tamaños: los Agnihotra, con dos fuegos propulsores, los Elefantes, de gran tamaño y cargados de motores, los Aicion, los Ibis, etcétera.
Todo esto no es el fruto de imaginaciones calenturientas que necesariamente hayan tergiversado los contenidos de antiguos libros. Traducciones realizadas por especialistas de nuestros días, con una mentalidad indudablemente mucho más amplia que la de los traductores de hace un siglo o aun treinta años no hacen sino reafirmarnos en nuestras audaces conclusiones: en la antigüedad remota hubo civilizaciones dotadas de aparatos aéreos y toda otra serie de ingenios que superan en buena parte nuestros logros actuales, capacitándoles incluso para realizar viajes interestelares.
Como prueba de ello, la Academia Internacional de Estudios Sánscritos de la Universidad de Mysore (India), ha traducido y publicado un texto en sánscrito en el que se describen diversos tipos de vimanas (término que traducen como “naves que se mueven por sí mismas”), así como cada una de las treinta y una parte principales de las que se compone cada aparato, y los dieciséis metales indispensables para su construcción, de los cuales sólo somos capaces de identificar tres. Detalla asimismo con exactitud cómo debe ser la vestidura y alimentación de los pilotos que las conduzcan, y da muchas otras explicaciones que nos llenan de asombro:
“…Un aparato que se mueve como un pájaro gracias a una fuerza interior, sea sobre tierra, en el agua y en los aires, se llama vimana…
“…que puede moverse en el cielo, de lugar a lugar, de país en país, de mundo en mundo es llamado vimana por los sacerdotes de la ciencia…
“…El secreto que permite construir máquinas volantes… que no pueden estrellarse, dividirse, ser alcanzadas por el fuego… y que no pueden ser destruidas…
“El secreto que permite tornar invisibles las máquinas volantes… El secreto que permite escuchar los ruidos y las conversaciones en las máquinas volantes enemigas… El secreto que permite tener imágenes del interior de las máquinas volantes enemigas… El secreto que permite definir la dirección del vuelo de las máquinas volantes enemigas… El secreto que permite sumir en la inconsciencia a los seres en las máquinas volantes enemigas y destruir estas máquinas…”.


 


CARROS AEREOS EN EL “RAMAYANA”
Y EL “MAHABHARATA”


Los dos conocidos poemas épicos hindúes, dotados de varios milenios de antigüedad, abundan en este tipo de relatos.
El Ramayana de Valmiki nos proporciona deliciosas descripciones de ingenios voladores, como ésta: “El carro celeste, que posee una fuerza admirable, alada de velocidad, dorado en su forma y en su esplendor… ascendió por encima de la colina y del bosque rocoso… alado como el rayo, dardo de Indra, fatal como el relámpago del cielo, envuelto en humo y destellos flameantes, rápida proa circular”.
Su argumento son las aventuras del heroico príncipe Rama Chandra, encarnado en la Tierra para poner fin a las maldades del maligno e invulnerable Ravana, Rey de Lanka (capital de Ceilán), a quien los dioses no podían matar.
A lo largo de la historia, Ravana rapta a la bella Sita, esposa del pidoso Rama, quien ayudado por Sugriva, rey de los vanaras, y el astuto Hanumana, príncipe de los monos, avanza hacia Lanka, justiciero. El mismo hermano menor de Ravana, Vibhishán, se les une –indignado– volando en un ingenio que algunos traductores “clasicistas”, incapaces de concebir la existencia de naves aéreas en la antigua India, convierten en “nube rosácea”.
Los monos construyen un gigantesco puente para unir Ceplán con la península, y ponen cerco a Lanka. Allí se suceden una serie de batallas que nos recuerdan de lejos a las de la “Ilíada”.
Indrajita, el orgulloso hijo de Ravana, oculto en sus carros voladores –interpretados por los antedichos traductores como “nubes tenebrosas”–, dispara sus poderosos dardos –que recuerdan muy de cerca las más modernas armas– sobre sus enemigos, hiriendo de muerte a Rama y a su hermano Laksmana, quienes serán arrebatados de la muerte por el poderoso pájaro Garuad.
En la batalla final, Indra envía sus mortíferas armas y su carro celeste al indefenso Rama, quien logra dar muerte a Ravana.
Vienen después unas bellas descripciones del carro Pushpaca, en el que los amantes regresarán a su ciudad, Ayodhya, junto a sus amigos y aliados. He aquí algunas de ellas:
“…Este excelente carro aéreo, que va a cualquier sitio a voluntad, está dispuesto para ti (Rama). Este carro, parecido a una brillante nube en el cielo, está en la ciudad de Lanka…
“…Viendo cómo venía el carro movido por la simple fuerza de voluntad…
“…Este carro se movía por sí solo; era grande y finamente pintado. Tenía dos pisos y muchas cámaras y ventanas, y parecía ornado con banderas y pendones. Cuando se levantó en su aéreo curso, emitió un melodioso sonido”.

ENRIQUE VICENTE

 

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