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EL VENERABLE LAMA THUBTEN WANGCHEN NOS ENSEÑA LA IMPORTANCIA DE LOS MANTRAS.

 

Una vez más de Oriente nos llega una luz nueva y vieja a la vez que nos alumbra hacia una vida mejor. El Tíbet es un maravilloso país, que a pesar de estar sufriendo una durísima situación nos da un gran ejemplo de pacifismo. Los tibetanos soportan con estoicismo y sin violencia la opresión de China, fieles a los preceptos de la variante del budismo que les es propia.

 

A pesar de su lejanía geográfica y su escaso tamaño todos sabemos del Tíbet gracias al Dalai Lama, un hombre que cuenta con un merecidísimo Nobel de la Paz. Pero más allá del exotismo, del atractivo superficial que la idea de Tíbet pueda ejercer sobre nosotros, hay un maravilloso mensaje que se expande por todo el mundo. La institución que ejerce de embajada cultural de la espiritualidad y filosofía tibetanas se llama en Barcelona ‘‘La Casa del Tíbet’’, y está dirigida por el venerable Lama Thubten Wangchen. Ataviado con la clásica túnica grana y azafrán y con el cráneo descubierto se ha convertido en alguien imprescindible para muchos barceloneses. Este monje budista, lejos de mantenerse distante de la realidad de la ciudad, se ha hecho muy popular apareciendo a menudo, y siempre sonriendo, en los eventos masivos que jalonan la agenda metropolitana. Su labor de difusión de la situación de su bello y desafortunado país le lleva también a dar charlas fuera de las instalaciones de la sede de la calle Rosselló. En una de estas charlas, en esta ocasión en La Sagrera, el Venerable ha vuelto a demostrar que la profundidad no riñe con la simpatía y que la locuacidad puede superar las barreras del idioma.

En una disertación sobre la contribución que los mantras pueden hacer al desarrollo espiritual, ha conseguido que el auditorio sintiese de todo menos aburrimiento. Jovial, positivo, auténtico y a la vez incisivo, la invitación a una vida reflexiva y cargada de compasión ha sido el eje de sus palabras. Una referencia constante hacia la respetabilidad de las creencias ha cristalizado en afirmaciones sobre sus visitas dominicales a la Misa católica, donde no pocas veces despierta suspicacias porque le resulta imposible pasar desapercibido. El mensaje de Buda y el de Jesús son idénticos en su promoción del Amor. Del mismo modo que él se interesa por las particularidades de la religión cristiana, acoge, sin preguntas, a las personas que se suman a las actividades de La Casa del Tíbet. No cree que todo el mundo debe ser budista ni lo exige como requisito para sentirse uno más en este pedacito de Tíbet en la ciudad Condal.  Meditaciones, la celebración de Puja o de la Luna Llena, recitados de mantras, conferencias. Cada vez son más los que, creyentes o no, reconocen una profunda sensación de paz tras participar de algunos de los ritos.


‘‘La sabiduría sin corazón no vale nada, hay que ser compasivo’’


Jalonado de bromas y risas contagiosas, el discurso del Lama invita a la conciliación; a la conciliación con el vecino y con uno mismo. Una sugestiva oportunidad para acrecentar nuestra sabiduría, para librarnos de ideas erróneas y para no perseverar en el disgusto y la negatividad cuando algo nos contraría. Arraigado a la cotidianidad, ilustró la que sería una actitud deseable con el ejemplo de actuación frente a las molestias de un vecino con la música demasiado alta: en lugar del enfrentamiento o la rabia, pensar en que el otro está disfrutando, alegrándose por él y conseguirse unos tapones. Todo ello permite alejarnos de emociones perturbadoras que no nos hacen ningún bien.
Para conseguir eso son útiles los mantras: palabras sagradas que al repetirse tantas, o más veces, como las cuentas de un rosario budista (108 bolas) durante un fragmento creciente y cotidiano de tiempo  consiguen transformarnos. Ha llegado a insinuar que la práctica continuada durante unos tres meses puede aliviarnos de la ira, de un exceso de enfado o susceptibilidad. Su perseverancia alargada en el tiempo puede incluso hacer desaparecer esta emoción tan indeseable.

Mantras hay miles, el Lama Wangchen no precisa (‘‘como nosotros no precisamos el número de pelos que tenemos en la cabeza’’), pero sólo nos da tiempo en esta ocasión de sentirnos arropados durante el cántico de dos: ‘‘El mantra de la compasión’’ y ‘‘El mantra de la sabiduría’’.  El primero es quizá el más conocido: ‘‘OM MANI PADME HUM’’ está compuesto de seis sílabas que corresponden a otras seis virtudes y alejan otras seis ideas erróneas. La generosidad, la concentración, la perseverancia, la humildad, la moralidad, la sabiduría  son algunas de las perfecciones a que todos deberíamos aspirar. La repetición del mantra se convierte en vehículo para acercarnos a ese ideal que nos ilumina. Al ser preguntado por el significado propuso, medio en broma medio en serio, acudir a un seminario de fin de semana exclusivo para cada sílaba: tan abismal es la profundidad del concepto que encierra el mantra.




‘‘OM ARA PATSA NADI’’ es el mantra de la sabiduría, una virtud por la que aboga el Lama pero incidiendo que vaya acompañada de corazón. La compasión es un pilar principal del budismo tibetano y extiende este sentimiento a los animales; por eso son vegetarianos, por lo que celebran que en  Cataluña se hayan prohibido las corridas de toros. Ante la visión de un animal agonizando, él propone acudir al mantra para que eso se transforme en una experiencia compasiva real y no un anclaje a la pena superficial.
Los mantras resultan embriagadores y cantados por una persona como el Lama arrullan llevándonos a un estado distinto del Ser. Mecidos por el sonido,  embargados por la vibración, el mantra compartido nos hace, a los presentes, menos extraños entre nosotros y para nosotros mismos. Es lo mismo que ocurre con otras prácticas y rezos cristianos que tienen sentido al practicarse desde el corazón; una vez más, no hay diferencia. 



La charla resultó breve porque todo lo que gusta suele modificar la percepción del tiempo. Por fortuna no para de ofrecer su visión de las cosas en diversos foros, siempre con su particular sello, siempre ligado a la realidad de su pueblo y siempre en coherencia. Él no hace referencia a ello, pero habiendo sido su familia víctima de la violencia con que la China somete al Tíbet su mensaje es de paz, de amor y de saber impregnado de compasión.




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