"A Lalita le encantaban las serpientes, a menudo hablaba de ellas, y cuando estábamos en el bosque, aparecían, se deslizaban hacia ella, a veces se acurrucaban en su pierna, en su brazo o en su tridente plantado en el suelo. Le gustaba comparar la columna vertebral con una serpiente para ayudarme a entender la continua fluidez de la danza tandava. La enseñanza siempre fue dada sentada, cara a cara, rodillas con rodillas, corazón con corazón. Era abrupta, simbólica, misteriosa. No se dirigía a la mente, sino que pasaba directamente a través del cuerpo y causaba un silencio extático, escalofríos y alegría."
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